7. PUERTO DE MONTAÑA DEL TICHKA Y LLEGADA A MARRAKECH

19:00


Dejamos atrás la ruta de los kasbas,  atravesando el Gran Atlas por el puerto de montaña del Tichka, el paso de carretera más alto del país. Llegamos a Marrakech, destino final de nuestro viaje.


SÁBADO 6  DE OCTUBRE

Salimos en dirección Marakech. Teníamos bastantes kilómetros por delante.

Poco antes de dejar la provincia de Ourzazate, visitamos a la Association Tadoula pour le Développement Asstadev, donde viven varias familias agrupadas en  una kasba que se encuentra en un estado bastante ruinoso.

Las mujeres amasan y llevan a cocer el pan a un horno comunitario de barro, con forma de iglú. Cada día, una es la encargada de encender el fuego y la primera en cocerlo. 








Muy amables con nosotros, nos ofrecen pan, que recién sacado del horno estaba buenísimo.



Tizi-n´Tichka o Puerto de montaña del Tichka


A continuación cruzamos la cordillera del Atlas, disfrutando de impresionantes paisajes. 




La sinuosa carretera, de 200 kilómetros, que separa Ourzazate de Marrakech, culmina en el Tiz’n Tichka o paso de la Tichka que, a 2.260 metros de altura, es la más alta de Marruecos. 

Fue construida por los franceses en 1920 para llevar un control militar pero, gracias a ello, se puede conectar Marrakech con los valles del sur de país y las dunas de inicio al Sahara. 

Una maravilla de paisajes, con numerosas curvas, subidas y bajadas que compensan el traqueteo del coche.



En el Tiz’n Tichka visitamos la cooperativa de aceite de Argan, donde nos muestran su proceso de realización, así como los innumerables beneficios que tiene para el cuerpo humano.

El aceite de argán se obtiene tras un proceso de secado de los frutos del árbol de Argán (Argania spinosa) expuestos al sol. Una vez secos, se extrae la semilla de la almendra manualmente y pasa a prensarse en frío.

En la cooperativa había muchos turistas comprando pero nosotros ya lo habíamos hecho en Erfoud y tan sólo nos dedicamos a mirar.





Dejamos atrás el paisaje lunar, que dio paso a predominantes colores verdes en las faldas de las montañas, donde se sitúan algunos poblados bereberes.


 





MARRAKECH

Tras unas cuatro horas de viaje, llegamos a Marrakech y nos alojamos en el Riad Ksar Anika, un hotel precioso, no muy lejos de la plaza Jemaa el Fna. Los riads son antiguas casas de la Medina habilitadas como un confortable hotel, tranquilos y con  pocas habitaciones.


Después de dejar nuestras maletas, iniciamos nuestro primer contacto con la ciudad, introduciéndonos por una maraña de calles, callejuelas y callejones de la Medina, que son un auténtico laberinto.

Marrakech es una ciudad bella, exótica y tan caótica que se necesitan varias horas para adaptarse a ella. Uno de los elementos distintivos de esta bella ciudad es la gran muralla que rodea la Medina que delimita los históricos barrios de estilo musulmán y judío, caracterizados por un gran entramado de callejuelas, frente a los barrios de estilo occidental, con grandes avenidas y jardines, construidos estos últimos durante la época del Protectorado francés.

La Medina es vida, pobreza, arte y abundancia, una extraña mezcla que no deja indiferente a nadie que la visite. Se puede ver al vendedor de pollo que aún vivo lo pesa en la balanza, oler los perfumes de las especies, ver trabajar a los curtidores de piel y babuchas , ....

Pero hay que vigilar con las motos y burros que, cargados de mercancías, se mezclan con los transeúntes en los callejones y estar muy pendiente de que a uno no se lo lleven por delante.





 

















Curioso ver un expendedor de gasolina en una callejuela de la Medina.






Nos introducimos en el barrio de los curtidores donde se apreciaba un desagradable olor. 

Desde una fábrica de venta de productos nos asomamos al lugar donde se hacen el tratamiento de curtido de las pieles. Para ello utilizan excrementos de paloma, que los curtidores amasan y mezclan con sus pies y  se meten en las fosas de diversos colores para remojar, lavar y frotar las pieles. Todo un proceso muy desagradable y en unas condiciones inhumanas, por un miserable salario. 



En la fábrica compramos unas bonitas babuchas. Las pieles eran muy suaves y había de todos los colores.



Plaza de Jemaa el Fna

Un poco más tarde, llegamos a la Plaza de Jemaa el Fnaa, el enclave principal de la Medina,  un lugar lleno de vida donde se juntan los personajes más extraños de la ciudad: encantadores de serpientes, titiriteros., aguadores, vendedores de alfombras, recitadores, malabaristas, sacamuelas, danzantes y mucho más.

Esta enorme plaza ha sido durante siglos el centro neurálgico de la ciudad y el emblema de Marrakech y, aunque arquitectónicamente carece de interés, resulta de enorme interés por presentarse como un escenario del Marruecos tradicional.




Hay paradas en la plaza donde preparan zumos naturales, al momento, que son muy buenos, los hay de naranja, de granada, ... o  una mezcla de diferentes frutas.






La plaza da para pasar horas entretenidos. La primera noche nos quedamos a cenar en el restaurante Chef Chegrouni (a la izda. del Café Francés) de cocina típica marroquí. Elegimos: Tajine de kefta (pequeñas albóndigas de carne picada con huevo, tomate frito) y sopa harira. Todo muy bueno. Desde la terraza hay unas buenas vistas de la plaza.


Al anochecer, se instalan unos puestos de cocinas ambulantes y una humareda empieza a envolver toda la plaza. Mucha gente, especialmente turistas, acuden allí a cenar  y jóvenes "ganchos" te invitan de forma insistente a que te quedes en uno de ellos.




El segundo día de nuestra estancia decidimos cenar en el número 2. No debimos acertar, a pesar de que nos lo habían aconsejado, por lo que no nos llevamos un buen recuerdo ni podemos aconsejarlo. No obstante, nos gustó ver el ambiente de la plaza a esas horas, muy diferente al del resto del día pero ambos  momentos recomendables .





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