12 y 13/7- ADDIS ABEBA – AWASSA -CHENCHA - ARBA MINCH

10:59

Día 12 de julio – AXUM-ADDIS ABEBA – AWASSA (275 km)

Después de desayunar en Aksum, cogemos un vuelo hacia Addis Abeba y allí, como si iniciáramos un nuevo viaje,  enlazamos con un nuevo vehículo hacia el Valle del Rift para visitar el sur del país, donde se agrupan la mayor parte de las etnias tribales y animistas que mantienen en pleno siglo XXI toda su esencia cultural y tradicional. 

A la salida del aeropuerto de Addis el tráfico es denso, es el día en que mucho jóvenes celebran su graduación y las calles están llenas de grupos que se hacen fotos con familiares y amigos. El gobierno concede créditos para pagar la universidad que luego irá recuperando cuando empiezan a trabajar.


La carretera atraviesa campos agrícolas y tierras de la tribu Oromo, el mayor grupo étnico en Etiopía que  se concentra principalmente en el centro del país. Están divididos por clanes, formando pequeños estados con políticas y religión diferentes. La mayor parte de la población es cristiano ortodoxa, seguida por la musulmana.

Los Oromo son un pueblo respetuoso con sus familiares, sólo tienen una mujer y tienden a tener el mayor número de descendientes pero todavía, en las zonas rurales, practican viejos ricos como el sacrificio de animales para satisfacer a Waaqa (su dios).

Son principalmente ganaderos y suelen llevar siempre una gorra y un palo. 



Las casas de los Oromo son conocidas como tukal, una especie de cabaña redonda, hecha con ramas de acacia cubierta con esteras vegetales. El tejado es coniforme con una apertura que permite la salida del humo.


 De Addis Ababa a Awassa hay alrededor de 275 km. La carretera no es mala pero hay que tener precaución porque los animales y la gente  la atraviesan continuamente. 

Desde la ventanilla del coche y sin perder detalle, vemos como la vida  sigue su ritmo ajena a nuestras miradas. 



Traslado de un enfermo
 En esta zona hay muchos invernaderos de flores que se exportan del país y -nos explica el guía- que muchas mujeres presentan enfermedades a consecuencia de los pesticidas que utilizan y que no hay ningún control sanitario. 

A un lado de la carretera vemos un grupo de gente concentrada,  han atropellado a una vaca. Lo que nos extraña, es que no haya más accidentes.




Dado que no hay agua corriente en las casas, principalmente las mujeres y los niños se desplazan hasta pozos, fuentes o ríos para llenar  recipientes de plástico amarillo, teniendo que recorrer a veces muchos kilómetros. 



A mediodía paramos en un restaurante local y probamos por primera vez la enyera, el plato tradicional etíope. Se elabora artesanalmente con harina de teff, un cereal local de granos muy pequeños que es muy difícil encontrar fuera de Etiopía. Es como una especie de crep pero de sabor algo agrio. Lo sirven en una gran bandeja donde se vuelcan los platos elegidos: pollo con salsa, carne picada, puré  de lentejas o garbanzos, ... Para comer se arranca un trozo de enyera con la mano derecha (nunca con la izquierda), se envuelve la guarnición y se acaba mezclando con la salsa picante o no. Nos gustó aunque no para comer asiduamente.



Después de comer, y de nuevo en la carretera, tomamos un desvío que conduce al lago Ziway, el mayor y el que se encuentra más al norte de los siete lagos del Valle del Riff. 


Impresiona llegar y ver la gran aglomeración de aves que esperan la llegada de los pescadores: marabús, pelícanos, ibis, garzas, cigüeñas,... 




Unos niños tiran despojos de pescado a las aves y rápidamente se acercan los marabús, de aspecto poco agraciado. Cuesta creer que este ave tan fea adornara con  las más bellas plumas el vestuario de las vedettes y  la alta burguesía de los años 20.




De nuevo en ruta, pasamos por Shashemene, la ciudad de los rastafaris. El rastafarismo, una religión, filosofía y cultura, surgió en la segunda década del siglo XX entre la población negra jamaicana que, entre otras cosas, preconizaba el retorno al continente africano (especialmente a Etiopía),  y el final de su esclavitud. 


Según los rastafaris, el rojo representa la sangre de los mártires, el verde la vegetación de Sión (es decir, de Etiopía), el dorado la riqueza y prosperidad venidera en África. El león simboliza tanto al continente como el emperador Haile Selassie a quien consideran la tercera reencarnación de Yahvé, su dios.

Al  final de la Segunda Guerra Mundial, Haile Selassie  donó esta gran parcela de tierra para permitir el asentamiento de seguidores del movimiento, que quisieran regresar a su patria.


Continuamos hasta Awassa, donde nos alojamos. A la entrada del hotel unos vigilantes con porras  controlan el acceso.

Awassa es la capital de la región expresamente denominada "Naciones, Nacionalidades y Pueblos del Sur", a 1.650 m de altitud, en el Valle del Rifth y al pie del lago de su mismo nombre.

El nombre de esta región autónoma de 120.000 km2 nos da un a idea de su diversidad cultural. La población regional, mas de 18millones, representa 45 grupos étnicos de los que ninguno llega al 20 % de la población. La mayor parte de la región está en el área fronteriza del valle del Rifth, Kenia y Sudán.

Awassa es la puerta que nos llevará a conocer las tribus del sur.

Día 13 de julio –  AWASSA-CHENCHA- ARBA MINCH  (270,6 km)

Prontito, a las 8h, salimos de Avassa hacia Arba Minch y a los pocos kilómetros, nos encontramos con las casas de la tribu de los Alaba, que llaman la atención por sus vistosas decoraciones. Son de gran tamaño y en ellas se aloja una sola familia.


Los alaba son buenos labradores, cultivan especialmente el café y los hombres suelen llevar altos sombreros de paja trenzada.



Nos permiten visitar su interior que también está decorado siguiendo la estética exterior y con las estancias limitadas por dibujos geométricos.



Una parte está destinada a los animales 





Un descanso para tomar un café y bromear luciendo un sombrero alaba.


Los pájaros tejedores ( Ploceus galbula), con su llamativo pecho amarillo,  se acercan a recoger las migajas que caen cerca de nuestra mesa.


Seguimos en ruta por una carretera recientemente asfaltada por los chinos, que están invirtiendo en infraestructuras, energía, materias primas y últimamente en fábricas ya que los salarios africanos son todavía mucho más bajos que los salarios chinos. Un obrero etíope cobra 40 dólares al mes, la décima parte que uno chino y las condiciones son muy malas.  Se comenta que "Etiopía es exactamente como China hace 30 años""


En el sur se practica más el pastoreo que en el norte y conducir se hace cada vez más difícil porque continuamente grandes rebaños atraviesan la calzada. 




No es de extrañar que a los pocos kilómetros nos encontremos con una camión volcado que transportaba cocacolas.


Seguimos por la carretera y nos detenemos a comprar plátanos a la tribu de los Wolita, conocidos por el cultivo del ensete o falsa banana. 


Tan pronto paramos el coche,  los niños asoman de improvisto en la carretera y corren alborozados hacia nosotros, gritando sin cesar: farengi, farengi, you,you,you. Nos piden birr, pens, caramelos,...



La pobreza del país es evidente en los niños. Desde 1997 la escolarización es obligatoria de los 7 a los 16 años, sin embargo la escuela no es gratuita y a las tasas de escolaridad tienen que añadir los gastos de material y uniformes, siendo demasiado cara para algunas familias por lo que sólo el 13% de niños están inscritos en la educación secundaria.

Los padres utilizan a los hijos como mano de obra para realizar diferentes tareas: se envía a los chicos al campo y a cuidar los rebaños desde muy pequeños mientras que las chicas hacen las tareas domésticas más duras y cuidan de los más pequeños.

Las mutilaciones genitales femeninas siguen siendo muy comunes en Etiopía, especialmente en las tribus del sur. Según un estudio realizado en el año 2011, se estimó que más del 74% de las mujeres eran víctimas de estas prácticas.




La tribu de los wolayta habitan en las tierras altas y verdes de la región de los pueblos del sur. La unidad familiar se compone por término medio de seis a siete personas y  las chozas o tukul, levantadas en sus propias tierras de labranza,  la comparten con sus animales (cabras, ovejas, vacas,...) .

Se dedican al pastoreo y a la agricultura, destacando el cultivo del falso banano (ensete) de cuyas hojas extraen una pulpa que, una vez fermentada, sirve como base para la fabricación del "kocho", una especie de torta similar a la enyera pero con menor valor proteínico.



Durante todo el trayecto vemos largas hileras de cactus candelabros que, además de ejercer la función de  vallas, en Etiopía, se usan en medicina tradicional.


Llegamos a la ciudad de Sodo, centro administrativo de la zona wolaita donde hay edificios modernos y un tráfico local intenso.





En Sodo tomamos unos refrescos en un hotel un poco deteriorado que había estado muy bien clasificado hace algunos años.





De la calle del hotel, entre los pequeños establecimientos de vivos colores, sobresale el minarete de una mezquita desde donde el muecín llama a la oración.





Pequeños muchachos deambulan por la calle y se buscan la vida como pueden.

 A mediodía hacemos un  picnic a orillas de un río con una pequeña cascada.



Exóticas aves se acercan a refrescarse en sus aguas.


Durante el trayecto, a menudo vemos niños que salen a bailar en la carretera para ganarse unas monedas. En el sur se baila con movimientos de cintura y de  nalgas, mientras que en el norte del país se baila con los hombros.


A lo largo de la Gran Falla del Rift, que cruza el país de noreste a sureste, atravesamos el primer e impresionante lago formado en la fractura del terrero. Desde lejos, sus anaranjadas aguas parecen las arenas de un desierto. Hacemos una breve parada.





Uno poco antes de llegar a Arba Minch, dejamos la carretera principal y ascendemos por una pista de tierra a Chencha, el área montañosa de los lagos Abaya y Chamo, donde visitaremos un poblado de la tribu Dorze, célebres por sus chozas con curiosa estructura de elefante. 

Lodge de cabañas dorze
Un joven Dorze nos recibe y nos introduce en el interior del poblado, situado a 2.900 m de altura, que está cercado con unas vallas de bambú.


Los Dorze son una tribu sedentaria que se dedican al cultivo de la banana, maíz, cebada, café, miel, ... Sus casas "elefante" son más grandes de lo habitual, llegando a sobrepasar los 10 metros de altura, su armazón se realiza a base de bambú y se recubre con la hoja del falso banano.


Las chozas de los Dorze o Tukul son altas y duran muchos años pero cuando la base se va pudriendo y bajan en altura, se las dan a los niños que ya pueden formar pareja.

Los interiores son oscuros, con suelos de tierra.



Todas las familias dorze tienen al menos un telar donde elaboran el tejido "shammá" de algodón que se considera el mejor de Etiopía, las túnicas blancas "gabbi" y los "netalas", fulares de colores vivos.
El microclima de la zona, permanentemente  húmedo, desarrolla una frondosa y fértil vegetación con apretados huertos de bananos, justo al lado de las viviendas.



Los Dorze, al igual que los Wolayta también fabrican el "kocho" o pan local. Rascan el tronco del falso banano y con la pulpa fermentada que obtienen elaboran sus tortas de pan y destilan su licor "arake".  



Sacan la pulpa que han dejado fermentar, la desmenuzan y la mezclan con agua hasta hacer un engrudo, hacen la forma de una torta y la ponen al fuego en una plancha de metal.





Nos invitan a  kocho (la torta)  y  arake (el licor). Al lado unos platitos con  miel y una salsa muy picante. 




Magníficos los tejidos de algodón "shammá" de vivos colores.




La  familia se reune para mostrarnos sus bailes y sus cantos. 






Y al son de la música y los cantos nos atrevemos a imitar sus danzas. Posiblemente sea un poco turistada pero también es un momento de  fiesta, humor y alegría para todos.





Hay que menear caderas y nalgas y parece que la "farengi" no tiene mucho arte.






Con tanta  fiesta y alboroto los niños acuden sorprendidos y  se quedan embobados mirando el espectáculo. 


Uno de ellos tiene cara de muy enfadado.






La pequeña coge de la mano a Rafael y no le deja hasta que nos vamos.





Descendemos hacia la carretera general para proseguir nuestra ruta. Las vistas desde esta zona montañosa, con el lago al fondo son espectaculares.






Dos mujeres vuelven del mercado subiendo la cuesta extremadamente cargadas y se paran a saludarnos.




Llegamos a Arba Minch , la ciudad más grande del sur de Etiopía,  situada en un enclave magnífico. La ciudad  está dividida en dos distritos: Secha (la moderna ciudad) y Sikela (la parte tradicional)

Nos alojamos en el Lodge Paradise,  en un paraje natural con magníficas vistas a los lagos Chamo y Alaya, unidos por una lengua de tierra que llaman "puente del paraiso". 

Es el mejor hotel de todo el circuito y un lugar privilegiado. Las habitaciones guardan la estética africana y desde la terraza de la habitación disfrutamos de las vistas. 




Vistas al atardecer de una tarde poco despejada. 


 A partir de las 19.30h empieza a anochecer y Johanes nos propone ir a cenar a la parte antigua de Arba Minch, allí conoce un  restaurante reconocido por su buen pescado. El lugar es sencillo pero la cena  no nos decepciona, con  una exquisita sopa de pescado y una telapia deliciosa, acompañada de  verduras y hortalizas. Para beber cerveza local de Saint George, la más popular de Etiopía.


Satisfechos regresamos al hotel y nos vamos a dormir. Al amanecer los animales de la selva nos despiertan escandalosamente con sus mejores tonos.

Mañana reemprenderemos nuestro viaje por el valle del Omo para conocer nuevas tribus, mercados y  paisajes.  

Día 14 julio – ARBA MINCH-KONSO-TURMI

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