MOZAMBIQUE

10:14

En el verano de 1996, aprovechando la estancia en Mozambique de nuestros amigos Ignacio, Rosamari y el pequeño Ricard, como cooperantes de Renfe, y animados por lo que nos contaban, decidimos visitar el país, que en aquellos momentos carecía de las mínimas infraestructuras. Ellos nos lo organizaron todo de una manera magnífica y a ellos les agradecemos esta maravillosa experiencia .


Como anteriormente conté en la entrada de Sudáfrica, salimos de Barcelona junto con Antonio, Pilar, Angel y Laura y nuestro hijo Roger de once años y, tras hacer escala en Johannesburgo, llegamos a Maputo veinticuatro horas después.

Recuerdo que antes de iniciar el viaje busqué sin éxito documentación del país, hasta que un día descubrí el librito de una ONG en el que el autor narraba "... cuando sales del aeropuerto hacia la capital, empiezas a ver chabolas sin luces por ambos lados de la carretera y piensas que esto cambiará pero luego te das cuenta de que todo sigue igual". Faltaban pocos días para nuestra marcha y puedo asegurar que, a partir de entonces, me entraron todas las dudas.

Y así fue, cuando aterrizamos en Maputo era de noche y mientras llegábamos a la capital me iba acordando del libro, ante la imagen, que a duras penas veía, a ambos lados de la carretera .

Maputo parecía una ciudad de okupas. Después de la Guerra de Independencia de Mozambique, los portugueses fueron expulsados del país y los mozambiqueños ocuparon todas sus casas. Dos años después entraron en una guerra civil en la que se enfrentaron la Resistencia Nacional Mozambiqueña (RENAMO) y el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO). Los combates habían acabado en 1992 y las primeras elecciones multipartidistas tuvieron lugar en 1994, tan sólo hacía dos años. Evidentemente, el país estaba destrozado.

En aquella época el único hotel de Maputo era "El Polana", donde se alojaba el Presidente y las personalidades que llegaban a la capital. Un hotel precioso, estilo colonial de la época de los portugueses, de lo mejorcito que se conservaba y donde un día fuimos a merendar.

Para alojarnos nuestros amigos habían reservado una casa con verjas por todos lados y habían contratado un vigilante en la entrada, día y noche que acabó estando siempre borracho y vigilando poco. Debíamos mantener las luces encendidas al salir para aparentar que siempre había alguien dentro y ser muy discretos al entrar paquetes. Una de las noches nos robaron las luces del coche alquilado, que aparcamos en el interior del patio de la casa y, para recuperarlas, tuvimos que ir a comprarlas al mercado de robos. Esta vivienda nos sirvió de campamento en nuestras idas y venidas mientras recorrimos los países colindantes: Zimbabwe, Swazilandia y Sudáfrica y otras zonas de Mozambique. 

Con estas connotaciones, y algunas que no relato para no extenderme demasiado, podríamos pensar que el destino de nuestro viaje vacacional fue un error, sin embargo, acabó siendo uno de los más auténticos y satisfactorios que hayamos realizado, y lo volvería a repetir cientos de veces.
Maputo

Los mozambiqueños son de piel tan oscura que cuando anochecía, como no había luces, era peligroso conducir porque apenas se les veía.


Las magníficas villas que los portugueses tuvieron que abandonar, fueron ocupadas por los nativos sin medios para arreglarlas porque hasta encontrar un bote de pintura era difícil y, además, ellos no sabían ni tenían intención de hacerlo. Muchas de ellas estaban ocupadas por niños huérfanos de guerra.





La foto superior es una vivienda similar a la nuestra, con rejas por todos lados. En la foto inferior, nuestra vecina, de la casa contigua, que cada día salía al patio a tomar el sol, con un mono y un perro de compañía.




En el patio de una viviendas, unas mujeres trituraban maíz para hacer tortitas.



Visitamos a los artesanos de la tribu Maconde, grandes artistas, que con trozos de troncos y pequeñas herramientas hacían verdaderas obras de arte.

Para hacer estas figuras, a base de ir vaciando un tronco, tardaban un año y medio y las vendían, sin regatear, por 65.000 pesetas (alrededor de 390€). Como no nos cabía en la maleta, optamos por otras más pequeñas, muy bonitas, que conservamos como un tesoro. 


























También se podía ver como tallaban cuernos y figuras de marfil.



En el mercado. La moneda oficial era el metical, que equivalía a 100 pesetas. En aquella época, para nosotros, todo era muy barato.


Pescado en salazón. 

Puesto de venta de almejas. 







Rosamari compraba y, muy buena cocinera, en su vivienda nos prepara la mayor parte de las comidas. 



En la playa Costa del Sol (Maputo), las mujeres iban a recogen algas para los curandeiros. 





Niñas muy bonitas que, tristemente, deambulaban en la rúa de la Mezquita. Pocos niños llevaban zapatos, recuerdo que Riqui, el niño de nuestros amigos, que tenía cinco años, también tenía la costumbre de ir descalzo.


Roger se hubiera llevado más de uno.

 



En la calle era típico ver a los hombres jugar con chapas de bebidas. 


En una boda, la novia no podía sonreir porque dejaba a su familia. 


El novio 

Los invitados


RUTA HACIA EL SUR

Abandonamos la capital para atravesar el país por la única carretera, llena de baches, que unía el norte y el sur y llegamos a zonas vírgenes al turismo, donde la gente era amable y los niños se mostraban asustadizos. Contemplar la vida lenta de las aldeas y el colorido conjunto de las mujeres envueltas en sus capolanas, es un recuerdo inolvidable.

Los camiones llamados "chapas" eran el único medio de transporte para desplazarse de aldea a aldea. 


Por  la carretera de Inhasoro a Inhambane habían muchos puestos de frutas.




Playa del Tofo (Inhambane) 
En la Playa del Tofo (Inhambane) hombre y las mujeres recogían marisco. 


Las mujeres llevaban a sus bebés cargados a la espalda.



Esta mujer trataba de decirme algo en swahili pero, como no la entendía, se reía de mi. En la espalda lleva colgando a su bebé. 







Con la marea baja el fondo marino quedaba así al descubierto. 


Paramos en un restaurante, que conocían nuestros amigos, en la Playa del Tofo y comimos muy bien. Para dormir lo hacíamos en las residencias que tenía Renfe porque no había hoteles. 



En ruta visitamos el colegio de una aldea y los niños, al vernos,  huyeron despavoridos, otros se escondieron debajo de los pupitres. La mayoría de ellos no había visto nunca un hombre blanco.



Luego se hicieron  nuestros amigos y salieron a despedirnos.


En algunos poblados se acercaban a saludarnos. 


Las viviendas de los poblados eran todas payotas.


Las payotas pequeñitas eran para las cabritas.


Así era el hogar de una familia en Catembe. A las mujeres siempre se las veíamos activas, barriendo, trabajando en sus viviendas, en los campos, mientras que los hombres solían estar relajados y podían tener varias mujeres que les mantenían.



En las aldeas la vida era más tranquila y no se veía tanta miseria como en la ciudad. A continuación una payota rodeada de maíz, papayas y cocoteros en Masinga. 


Los niños colaboraban en los trabajos agrícolas y casi siempre iban descalzos. 


Unos niños, en una payota aislada, comiendo una cacerola de arroz. 


Al borde de la carretera una mamá esperaba un transporte que la recogiera.


En las aldeas habían pequeñas colmados





Isla de Magaruque

Llegamos al sur y nos dirigimos a la isla de Magaruque que forma parte del archipiélago de Bazaruto, en el océano Índico. Habían contratado la estancia en la isla pero cuando llegamos a término no había ninguna medio para que embarcar. Además había muy mala mar. Al final localizaron a un boer que tenía una motora y se ofreció a llevarnos al día siguiente. Nos cobró caro, pero era la única forma de llegar. Pasamos la noche en una cabaña que nos cedieron en la playa, con esterillas en el suelo y el temporal por el que apenas pudimos pegar ojo. 

Al día siguiente, con el mar más calmado,  subimos a la motora y, en la ruta,  vimos tortugas gigantes y delfines. Desde esta barca, unos pescadores nos ofrecieron langostas a precio de turista: 50.000 meticais (500 pesetas=3 euros) y reían.


Al cabo de dos horas llegamos a la isla, habitada por unas familias de pescadores y unos bungalows propiedad de boers . Un lugar idílico que desde el primer momento nos cautivó. 

La isla posee 2,4 km de longitud de norte a sur, y un ancho de hasta 1,0 km. Actualmente es propiedad del multimillonario empresario de Zimbabwe John Bredenkamp. Y en aquella época no parecía pertenecer a Mozambique.




Playas solitarias de arena blanca y luz cegadora, bañadas por un mar con todas las tonalidades de azul turquesa y esmeralda, unos colores difíciles de olvidar. 



Cerca de la orilla, Rafael y Roger practicaron snorkel y disfrutaron de un buen fondo marino. 


Conocí a este niño, no recuerdo como se llamaba pero era muy simpático y me invitó a pasear en su canoa. 




Las aguas eran tan claras que en la foto parece que la barca vuele. 


Cuando me vieron, Roger y Riqui, con otro amiguito, también se apuntaron. 


Adeus, adeus. ¡Muito obrigada! - Nos decían al marchar.


Los atardeceres en la isla de Magaruque eran fantásticos.



A continuación, nidos de pájaros, con pequeños orificios de entrada, para dificultar el acceso a los depredadores, como las serpientes.


El bufet era libre y expléndido. ¡Qué bueno estaba todo! 


De regreso a Maputo, volvimos a pasar por Inhambane. 

Mujer envuelta en su capolana




Con un coche de juguete.

Los mozambiqueños tienen rasgos hermosos
Un hombre en un bar.

A los albinos, como en muchas partes de África, por su falta total de pigmentos en la piel y el cabello, no se les consideraba seres humanos, eran discriminados y en diversos casos asesinados o amputados para utilizar las partes de su cuerpo para ritos “mágicos”.

Decían: "Los albinos no mueren , desaparecen" 


Debido a los grandes baches de la carretera, tuvimos un accidente. El coche saltó por los aires y afortunadamente se clavó en un banco de arena. Tuvimos suerte, aunque Rafael se rompió el escafoides y tuvo que ser atendido en el hospital de Maputo, muy precario y digno de ver. 




En Maputo algunas veces fuimos a comer a un restaurante que se llamaba Pekín. Tenía muy buena cocina y un pan de ajo que aún recordamos. En general, comimos bien en todos los sitios.



El mercado de Xipaminini

Un día nos llevaron al mercado de Xipaminini, que sólo se podía visitar acompañados de un nativo. Allí vendían animales, ropa y objetos de todo tipo pero lo más curioso fue ver las tiendas de los feticheiros y curandeiros, con las cosas más inverosímiles para actos de brujería y supersticiones. Nos dijeron que podíamos fotografiar pero sin detenernos.  El mercado estaba distribuido por zonas, dependiendo de las mercancías o servicios.





En una zona quedamos impactados por la cantidad de objetos expuestos que se vendían: Cabezas de mono, pieles de serpiente, colmillos de animales, uñas de gato, patas de gallo, raíces, aceites para hacerse invisible a los malos de ojo y muchos más objetos para magia negra y rituales. 



En otras zona del mercado había peluquería, zona de juegos, ...


La foto a continuación es la peluquería del mercado de Xipaminini. La mayor parte de las mujeres sudafricanas suelen llevar pelo sintético. Era frecuente encontrar trenzas por el suelo que perdían.


Los "meninos da rua" eran niños huérfanos de la guerra que sobrevivían como podían. Era la razón más triste del país.  El niño de la derecha nos enseña un meticais. 


Catembe

Coger el transbordador para atravesar la bahía de Maputo a Catembe fue otra auténtica experiencia. Éramos los únicos extranjeros y nos sentíamos muy observados pero fue magnífico verse envuelto en ese ambiente. 



Subida al transbordador












Llegó el día de nuestra despedida, que coincidió con el cumpleaños de Rafael y Antonio. Fuimos a celebrarlo con los españoles, cooperantes de Renfe. La empresa les había dado alojamiento a todos en un mismo edificio de Maputo y allí habían formado una gran familia.


Fue un gran viaje y una experiencia increíble, aunque muchas veces triste al ver la precariedad que había, especialmente en los niños, los "meninos da rua". Han pasado muchos años y sabemos que el país ha progresado mucho y ya no lo conoceríamos pero, aquel Mozambique, de gente sencilla y sin la adulteración del turismo, siempre lo guardaremos en el corazón.

Un diez para nuestros amigos que lo organizaron a la perfección, a  pesar de las limitaciones que en esos momentos había en el país.  No lo hubieran podido hacer mejor. 





NOTA: Todas las fotos han sido escaneadas de los originales, de ahí su defectuosa definición. Por aquel entonces, aún no existía la cámaras digitales.
























































































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