3. AMANECER EN ERG CHEBBI - KHAMLIA - RISSANI

21:50




Ascendemos a la duna más alta de Erg Chebbi para ver la salida del sol, asistimos a las danzas tradicionales en el poblado de Khamlia (de origen sudanés) y visitamos el mercado de Rissani,  donde se abastecen las tribus y nómadas del desierto.  











Martes, 2 de octubre 2018

AMANECER EN LA GRAN DUNA 

Madrugamos para caminar hacia lo más alto de la gran duna de Erg Chebbi y ver la salida del sol.

El día amanecía dotando de vida los tonos rosados de las arenas que se deslizaban sin límites. Una fresca y suave brisa lo inundaba todo.



Nuestras jaimas estaban situadas en la base de la gran duna. Empezamos a ascender con buen ritmo y llenos de energía, pero no tardamos en empezar a notar el cansancio.


A cada paso, los pies se hundían en la arena y había que hacer un gran impulso para no retroceder.

Sin llegar a  la cima, nos sentamos exhaustos  para contemplar el sol que emergía entre las dunas del horizonte,  ofreciéndonos  una magnífica imagen. 


No hay palabras para describir la indecible belleza con la que se iniciaba el nuevo día, cargada de paz, luz y color.

En cada rincón del mundo ver el amanecer es un espectáculo, un momento especial y en el mar de dunas del desierto, se puede contemplar uno de los más bellos.



Tras la salida del sol, nos deslizamos por la arena hasta el campamento, tomamos un té y emprendimos el viaje de regreso. El almuerzo lo realizaríamos en la Kasbah Tombuctu.  





El joven nos estaba esperando y, en fila india, iniciamos la ruta que las caravanas siguieron durante centenares de años.



Corría una suave brisa. Entre la soledad de las dunas y el silencio, fuimos disfrutando del paisaje dorado con el que se abría el nuevo día.








Regresamos a la Kasbah Tombuctu, de Xaluca, donde nos ofrecieron una habitación para ducharnos y, después de un excelente desayuno, emprendimos nuevamente la ruta de regreso a Erfoud.

POBLADO KHAMLIA

A las afueras de Merzouga, asistimos a un espectáculo de floklore en el pequeño poblado de Khamlia. Sus habitantes, de origen sudanés, son descendientes de los esclavos que fueron traídos a Marruecos y hace años se ganaban la vida trabajando en los campos de cultivo y en los oasis. Actualmente, son famosos por su arte, su música y su gran hospitalidad con todo aquel que se acerca a escucharles.

Visten de blanco, son de gran estatura, tez muy negra y son también conocidos como los "gnawas" por su peculiar estilo de música - originaria del africana Sub-Sahariana- que constituye la expresión de un conjunto de tradiciones y de todo un mundo de símbolos indescifrables para nosotros.

Nada más llegar, tomamos asiento ante un grupo que actuaban y fuimos testigos de la cultura y las raíces de un lugar cargado de historia y de tradición. Empezó el espectáculo con música de tambores y un cántico cuyo ritmo acompañaban con sus cuerpos. Sus danzas son un recital, una oración, una súplica, un rito iniciático, que se ha ido transmitiendo de padres a hijos. Las palabras que profieren son ininteligibles y tienen la creencia mágico-religiosa que con el ruido de sus tambores y crótalos (dobles castañuelas), se alejan los malos espíritus.

Cada año, en junio y julio, celebran el festival “Sadaka” (significa, “una ofrenda religiosa”), en el que tocan música durante tres días enteros, día y noche sin descanso y, algunos, hasta llegan a entrar en trance, gracias al ritmo de los tambores y cantos. La finalidad es curar a los enfermos y obtener el "Baraka", una bendición divina, a través de la  música y la danza.


En el 2004, bajo la iniciativa y colaboración de unos jóvenes Gnaoua de Khamlia, crearon la asociación “Al Khamlia por el Desarrollo, la Solidaridad y la Protección del Patrimonio”, buscando el desarrollo del pueblo y de las comunidades nómadas cercanas. 

La prioridad máxima de la asociación ha sido la educación. En concreto la lucha contra el alto nivel de analfabetismo en la comunidad, donde el 90% de las mujeres y el 75% de los hombres mayores de 18 años son analfabetos

Cuando salimos del concierto, los escolares salían alegres y vivarachos de la pequeña escuela local y nos entretuvimos un rato con ello.


El viaje continuó por pistas de tierra, atravesando zonas extremadamente estériles. 

La vida allí allí es muy precaria, sin agua corriente, red eléctrica, apenas trabajo y falta de medios en educación y sanidad. 

Abren hospitales pero no hay médicos, carecen de ambulancias que lleguen a estos rincones y uno puede morir por un simple apendicitis. Las infraestructuras son pésimas y el burro y el caballo representan para muchos el único medio de transporte.

Desde hace unos 30 años, las aportaciones de los trabajadores emigrados se han convertido en el principal recurso económico. En todos los hogares hay como mínimo una persona que trabaja en el extranjero o en otras ciudades marroquíes.

Y es que, desde la independencia obtenida en 1956, el Estado marroquí no ha hecho estrictamente nada por las zonas rurales,  ha sido más bien un estado de las ciudades, en la medida en que sólo se preocupa por las necesidades de los urbanitas.


Atravesamos la aldea de Tous, donde vive una parte de la familia de Moha. Le animamos a que parara unos instantes a saludarles.  Todas las casas eran de adobe y la mayoría se encontraban en un estado muy precario.

Saludamos a una señora que recogía leña e intentamos comunicarnos con ella. Nos enseñó su casa que estaba compuesta por dos pisos. En la parte superior tenía una terraza donde había puesto a secar unos pimientos y unas mazorcas.

En la planta inferior se situaba la cocina, las habitación, sin muebles, tan sólo con una alfombra y una manta y, al lado, otra estancia con follaje para los animales.


Saludamos a la familia de Moha, que también nos mostró su casa. En ella vivía una prima soltera que cuidaba a la abuela de más de 90 años.

Nos sentamos en una gran alfombra y enseguida nos sacaron una bandeja con té, dátiles y unas tortas de pan. Gente sumamente hospitalaria, que ofrece lo mejor que tienen. Estuvieron muy contentos de la visita y nosotros agradecidos de que nos dejaran penetrar en su pequeño mundo.



MERCADO DE RISSANI

Saliendo de las pistas de tierra llegamos a la pequeña ciudad de Rissani, que en otro tiempo fue un importante enclave en la ruta transahariana de las caravanas, prosperando gracias al comercio de esclavos, oro, sal, armas, marfil y especias, especialmente en los siglos XIII y XIV.

Las luchas religiosas y la inestabilidad causada por las tribus rivales, que con frecuencia atacaban la ciudad, precipitaron su destrucción. Sin embargo, esa tradición se mantiene viva y los domingos, martes y jueves se celebra el zoco más importante de la región, al que acuden a abastecerse las tribus nómadas del desierto.


Las calles del  mercado estaban muy concurridas por los lugareños, que acudían a los puestos de los vendedores que, llegados de todas partes, ofrecían su mercancía.


Todas las mujeres llevaban cubierto el cabello y partes de su cuerpo de forma total, dejando sólo el rostro al descubierto. Normas de la religión islámica.





El mercado es un buen lugar para observar la vida cotidiana de la gente del lugar, para apreciar sus costumbres, la forma de negociar, el regateo.... 

Nos llamó la atención que no hubiera mujeres vendedoras y que incluso las compras las realizan los hombres y, es que, las mujeres independientes no tienen buena aceptación en la sociedad marroquí, abrir un negocio es recomendable hacerlo con el esposo o, en caso de no tenerlo, con el padre o un hermano, ya que la mujer debe estar siempre por debajo del dominio masculino, o al menos aparentar que así es ante los escrutadores ojos de los marroquíes. 


Envueltos por los olores de especias y de la variedad de productos, nos paseamos bajo las estrechas calles, con techos de palmera, donde se vendían todo tipo de artículos: ropa de vestir y de casa, alfombras, cestas, cerámica, objetos de piel, frutas, verduras, frutas, hortalizas, especias, dátiles, carnes,






En los puestos de especias había una gran variedad y nuestro amigo compró un buen surtido.  Son ingredientes muy populares en la gastronomía marroquí. Las mezclas se utilizan mucho, dan un toque muy especial a las comidas pero, en realidad, se preparaban para conservar los alimentos en un clima muy riguroso, en especial el cordero que primero salan y luego aderezan con una mezcla de especias adquiriendo color, aromas y una garantía de conservación.


En una zona estaban situados los vendedores de dátiles y estábamos muy interesados en adquirir algunos. Marruecos es el octavo productor mundial de dátiles y octubre es la época de recolección. 

Entre las distintas variedades, la más apreciada es el mejhul por su gran tamaño y alta calidad. Se recoge uno por uno desde lo alto de la palmera. Nos dejaron degustar y  eran los más exquisitos, enormes y jugosos. Los pagamos a 8€ el kilo. 











En apartado del mercado había una zon destinada al comercio de animales. Los pobladores bereberes, llegados desde lugares lejanos, se reunían allí para vender sus vacas, cabras, ovejas, ...


Uno de los lugares que más nos llamó la atención fue el aparcamiento de burros, el más grandes del país y uno de los pocos que en la actualidad se conservan. Y es que la mayoría de los comerciantes, que llegan de muy lejos, utilizan este medio de transporte para desplazarse de sus lugares de origen.



Por las calles de Rissani había pequeños comercios y bares.






Los bares en Marruecos tienen dos rasgos fijos: sólo hay hombres y nadie bebe alcohol porque el islam lo prohíbe.


El mercado era enorme,  pasamos mucho tiempo y disfrutamos mucho. Era un lugar muy auténtico, en el que apenas habían turistas ni tiendas para turistas. 

ERFOUD 
Continuamos hacia la ciudad de Erfoud, donde estaba nuestro alojamiento. Antes de llegar ascendimos a un mirador desde donde se apreciaba la ciudad con el gran palmeral, el desierto y el Pequeño Atlas.




A continuación, atravesamos la zona de los grandes palmerales, que se alimentan de los ríos Ziz y Rehris y los dátiles que se consiguen son una de las principales fuentes de ingreso. En octubre es la época de la recolección y, cuando llegamos, faltaban pocos días para que se celebrara el festival de Guetna, en honor a este producto, con bailes folclóricos, desfiles y actividades locales.



Llegamos al hotel y nos tomamos el resto del día de relax. Nos bañamos en la piscina, pasamos un buen rato en el jacuzzi y antes de cenar nos sentamos a tomar unas cervezas en el jardín. En los hoteles para turistas el alcohol no está prohibido, aunque el precio de una cerveza (7€) es un poco elevado.

Para cenar había un buffet libre, con una estupenda variedad de comida marroquí, desde couscous, trajines, harina, .... a una buena muestras de la pastelería.

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